Entrevista en Pérgola y reseña en Cuadernos del Sur

Entrevista publicada en el suplemento literario Pérgola, periódico Bilbao

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Reseña sobre El vigía de Roberto Ruiz de Huydobro para Cuadernos del Sur.

http://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/historias-inusuales_1031859.html

Historias inusuales

Ediciones de La Isla de Siltolá ha puesto en marcha la colección Nouvelle, dedicada a la novela breve, al cuento y al microrrelato.

La segunda obra que la integra constituye el estreno como autor de Diego Marín Galisteo (Baena, Córdoba, 1981). Colaborador habitual de la asociación cordobesa Mucho Cuento, que lleva una década realizando diversas actividades en torno a la narrativa breve, su libro, titulado El vigía, agrupa sesenta y cinco microrrelatos. Se trata de historias inusuales, con situaciones extremas y mucha ironía.

Gajes del oficio presenta a un Neptuno en apuros: el narrador ha de golpearle el pecho para que logre expulsar lo que ha tragado: agua, peces, corales, náufragos, varios barcos y una ballena.

En Ultima defensa , un abogado con mucha fama no pierde la templanza ni siquiera cuando es apuñalado mortalmente.

Temblor tiene como protagonista a un hombre que, incluso tras un terremoto que ha destrozado la ciudad, no deja de presentarse en casa de la mujer a la que ama, sin ser correspondido, para preguntarle una vez más si quiere casarse con él.

Mirador esta protagonizado por un visor humanizado y travieso: introduce imágenes ficticias en la vista que, a cambio de una moneda, muestra de la ciudad.

En A la carta , se describe una exposición de métodos de ejecución en la que se devuelve el dinero de la entrada si el visitante sobrevive a la opción que elija.

El confiado presenta a un hombre que es sumamente confiado, una actitud con la que cree que la vida es más generosa, pero se equivoca fatalmente.

El truco final está protagonizado por un mago que se queda atrapado en un truco que ha inventado y con el que quería impresionar a su maestro.

En Origen , un hombre hace de espantapájaros en su huerto y logra mantener su producción intacta.

No pocas narraciones tratan sobre el ámbito literario: en Se reabre el proceso , un personaje de Franz Kafka reclama otro final para su historia; Trepanar cuenta el caso de un escritor que muere por una trombosis provocada por el exceso de argumentos y personajes que tiene en la cabeza; finalmente, en Laberinto literario , los protagonistas de los libros de una biblioteca se mezclan entre sí, sin preocuparles que las historias varíen o resulten incomprensibles.

La lectura de este primer libro de Diego Marín Galisteo transmite una admirable naturalidad: hay fantasía pero no rebuscamiento.

‘El vigía’. Autor: Diego Marín Galisteo. Edita: La Isla de Siltolá. Sevilla, 2015

 

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Taller de Mucho Cuento, marzo de 2016

ÁNGELES ENCINAR

La disgregación y la fragmentación son rasgos característicos del final de siglo. La transformación de las estructuras sociales y políticas efectuada desde la mitad de la centuria pasada fue evolucionando de formas diferentes, y próximas estas al periodo finisecular terminaron por desembocar en el derrumbamiento de las teorías filosóficas y socioculturales que se habían tenido como brújula del pensamiento. Se constata un proceso de descomposición de los discursos totalizadores; las grandes propuestas intelectuales han perdido la identidad que las definía de una forma clara y consistente. Ahora nos encontramos en una situación donde prevalece lo pequeño, lo anti-comprensivo, lo no-absoluto. Nos hemos trasladado al territorio de los microrrelatos, que no aspiran a narrar ‘in toto’, articulando un conjunto completo y unificado de elementos, sino que pretenden preservar y promover la fragmentación y el antisistematismo.

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RAÚL BRASCA

Existen varias fórmulas para escribir micorrelatos, pero procuro no usarlas. Por ser tan breves, los microrrelatos tienen sus mecanismos muy claramente expuestos. Esto hace que esos mecanismos puedan ser copiados para producir microrrelatos como en una línea de producción. Creo que estudiar los mecanismos es saludable para obtener una comprensión cabal de este formato, pero que lo excitante y meritorio es encontrar otros nuevos tan eficaces como aquellos que organizan las brevedades que más nos han impresionado. Luego, La eficacia del microrrelato depende mucho del lector. Los microrrelatos humorísticos suelen ser muy eficaces y son más masivamente eficaces cuanto más se aproximan al chiste, que no es lo deseable. Cuanto más eliptico, cuanto más compleja es su ironía y mayores son los conocimientos culturales que exige del lector, menos masivo será un microrrelato, pero muy grande será su eficacia en quien pueda acceder a él. Esto no impide que haya microrrelatos que son simultáneamente de alto nivel literario y fácilmente comprensibles. El ejemplo inmediato es Monterroso. Hechas estas aclaraciones, creo que para ser eficaz como microrrelato, una brevedad debe funcionar como una maquinita perfecta, diseñada y aceitada para llegar al final siempre un instante antes que su lector.

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IRENE ANDRÉS-SUÁREZ

La hiperbrevedad del microrrelato como premisa artística supone un desafío doble: para el propio escritor, porque conlleva la exacerbación de la elipsis y de los espacios de indeterminación y, para el lector, porque desentrañar el sentido profundo de un texto de estas características supone un claro sobreesfuerzo interpretativo. Esa progresiva merma textual del cuento clásico -que corre paralela a la intensificación de la elipsis- generó, en un momento dado, una reacción en cadena que terminó afectando a su estructura profunda, es decir, la diferencia cuantitativa se volvió cualitativa, dando como resultado un modelo textual diferente (un cambio de paradigma) en el que se reconocen claramente unos rasgos dominantes y singularizadores que discurren de unos textos a otros; el proceso sería equiparable al que se dio en su día en la novela corta respecto de la larga.

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DAVID LAGMANOVICH

En el microrrelato, no hay que dejar de lado la cuestión fundamental del título. Como ocurre también en el poema, el título de un texto literario orienta la lectura y elimina un cierto porcentaje de la ambigüedad literaria inherente a la mayor parte de estas construcciones. Es posible que el escritor perciba el título desde el primer instante, y que la presencia de este elemento esté guiando en forma efectiva el proceso de la composición. Si así ocurre, el título sintetizará en forma perfecta las significaciones del microtexto que está a punto de nacer. Pero si no fuera así no se ha perdido nada, pues el título -parte del texto al fin, aunque específicamente se acostumbra a considerarlo un “paratexto”, o sea lago que acompaña a éste- está sujeto a las mismas condiciones de permanente revisión y reescritura que rigen la elaboración del cuerpo mismo de la composición. No hay que temer al cambio de título: de lo que hay que cuidarse es de la sensación de que éste no responde adecuadamente a las características del relato.

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Afán de protagonismo

Microrrelato finalista en el IV Concurso Internacional del Museo de la Palabra.

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Taller de Mucho Cuento. Febrero de 2016

CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS

A veces escribo para conjurar los miedos y otras veces no. Puede ocurrir que algún temor o alguna pesadilla se la enjaretas a un personaje y la disfrutas. A mí lo que más me gusta de la escritura es el proceso de escritura. Crees que vas a contar una cosa y puedes lograrlo o no, porque suceden muchísimas cosas en el proceso de escritura. A los personajes les das la palabra y resulta que la utilizan. Naturalmente eres tú el que se la has dado, pero si te has metido en una atmósfera determinada hay un momento en que puedes empezar a seguirles a ellos y olvidarte de lo que tú pensabas escribir para ir por otros caminos. O pararte antes de donde pensabas llegar. O ir más allá. Todo puede ocurrir.

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RICARDO PIGLIA

Hago planes y esquemas sobre todo cuando no estoy escribiendo. En general nunca los uso después. Me gustaría publicarlos alguna vez (o escribir un relato que tuviera forma); son anotaciones enigmáticas, fragmentos de anécdotas, cronologías, diálogos, frases aisladas. En realidad son un modo particular de escritura, una forma que tiene su propia vida.
Leo, por supuesto, mientras escribo, pero si tengo que pensar en un texto ligado a la escritura tengo que nombrar el ‘Diario de Kafka’: ése es un libro que sólo leo cuando estoy escribiendo.
Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra. De todos modos cuando el texto está terminado hay un trabajo de corrección que es bastante singular. Uno hace el esfuerzo de ponerse en el lugar de una especia de lector perfecto, capaz de detectar todas las fallas y los nudos del texto y trata de leer lo que ha escrito como si fuera de otro. En ese sentido la corrección es una lectura utópica y tan interminable como la escritura misma.

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CRISTINA GRANDE

El florecimiento del relato breve es síntoma de que el lector agradece que la buena literatura no lleve demasiado envoltorio. Como lectora yo busco la verdad, más allá de la extensión del texto, y agradezco que esa verdad –casi siempre dolorosa¬– me la cuenten con cierta ligereza y sentido del humor. Observo que la línea entre ficción y realidad cada vez es más delgada y a mí siempre me han gustado los textos memorialísticos, los dietarios, las autobiografías, etc. No sé hacia dónde se dirige el cuento español. Lo importante es que la oferta es tan variada que nunca nos faltarán buenos libros que leer.

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ANDRÉS NEUMAN

Geografía estética
Las partes más célebres de las cataratas del Igazú, las que rugen infinitas y se elevan al cielo, se encuentran del lado argentino. Al otro lado de la frontera, en el vecino territorio brasileño, apenas hay nada sublime; y, por lo tanto, es precisamente allí donde el observador deber situarse para contemplar mejor las cataratas. De este accidente geográfico mana una valiosa enseñanza estética: no se puede escribir desde la belleza, sino hacia la belleza.

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Diez años de Mucho Cuento

Charlie Monel, uno de los personajes de la novela Los viernes en Enrico’s, de Don Carpenter, es un escritor que se abre camino a trompicones y que acaba dando clases en un taller de escritura durante un tiempo. En un momento del libro asegura a su grupo de alumnos que la escritura creativa no se puede enseñar ni aprender y que lo que hay que hacer en un taller es escribir mucho, leer las cosas de los demás y tratar de ayudarse entre todos.

Si comenzara ahora mismo un nuevo taller, seguramente usaría ese comentario para romper el hielo y, de paso, preguntar por dónde andan las personas que se han apuntado en cuanto a lecturas. Es una manera como otra cualquiera de plantear el inicio y, normalmente, siempre hay alguien que menciona algún título o a algún autor relacionado con el cuento.

Impartir un taller de creación literaria se parece en algo a una de las muchas formas de escribir un relato. A lo largo de los diez años de vida de Mucho Cuento he dirigido en varias ocasiones esta actividad. Los días previos a la apertura de cada edición también se asemejan bastante. Pienso en la idea, en los temas, en los autores; recopilo toda la información con la que no contaba y que, de manera sorprendente, comienza a girar en torno a lo que estoy organizando. Y entonces llega la primera clase y me encuentro con caras conocidas y gente nueva que espera, a veces pasa, la fórmula secreta para escribir un cuento. Más allá (o más acá, nunca se sabe) de esa quimera, la línea está marcada y el objetivo más o menos claro. Empezamos a andar y es cuando ocurre: todo se altera, los planes desaparecen y el grupo que se ha formado escribe conmigo un guión alternativo que irá enriqueciendo las propuestas que hay sobre la mesa. Como escribir un relato, repito, en el que la composición original se va transformando mientras se avanza y es la historia la que respira marcando su propio ritmo.

En estos años, cada uno de los talleres de Mucho Cuento ha elaborado su guía práctica para escribir relatos, pero es una guía que no tiene un índice definido o un número determinado de temas. Más bien se trata de una experiencia literaria que, quién sabe, en algún momento puede suponer un impulso para escribir y crear mundos a través de la capacidad expresiva y de exploración de las palabras de manera activa e inmediata.

Siempre he apostado por trabajar con esta mecánica en los talleres. Escribir en directo, en la misma mesa del taller donde no dejan de pasar cuentos y autores conocidos que, sin duda, contribuyen a fortalecer el músculo creativo que allí se pone a prueba. Decía Ray Bradbury: “En la rapidez está la verdad. En la deliberación hay pensamiento. Con la demora surge el esfuerzo por un estilo y se posterga el salto sobre la verdad, único estilo por el que vale la pena batirse a muerte o cazar tigres”. La experiencia me ha demostrado que en los talleres esto es lo que funciona: escribir a partir de propuestas que cojan desprevenidos a los participantes.

Por suerte, el género cuento, por el que esta asociación lleva apostando diez años a través de todo tipo de actividades, tiene mucho que escribir, mucho que leer y, sobre todo, un grupo que ha ido ampliando su historia. Recuerdo a todas las personas que han pasado por los talleres y que me han hecho disfrutar y aprender con esta labor. Y, por supuesto, felicito a Mucho Cuento por este aniversario. Que el iceberg siga flotando muchos años más.

Artículo publicado en Córdoba Expone (febrero de 2016).

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Taller de Mucho cuento, enero de 2016

 

ÁNGEL ZAPATA

Estar abierto a la experimentación representa una actitud imprescindible para el escritor principiante, y estoy por decir que es la garantía de una pasión artística genuina. Naturalmente, nada de esto se consigue sin dar una difícil batalla interior, porque en todo escritor que se precie hay también un cabezón incorregible, y uno cambiaría de nombre, de país, de casa, de pareja, antes que de manera de escribir.

Sin embargo hay que hacerlo algunas veces. Y es frecuente incluso que cuando uno encuentra en sus adentros al “escritor de su vida” no se parezca ni mucho ni poco a la imagen que se había forjado. Resulta muy posible que un aspirante a poeta rompa en humorista, o que un aprendiz de novelista sesudo termine siendo un espléndido autor de literatura infantil. La musa es muy veleta -contad con ello-, y no siempre el tipo de literatura que uno prefiere coincide con aquella para la que tiene verdaderas dotes. Por eso importa probar. Y experimentar. Y mantenerse muy alerta, sobre todo, ante la clase de escritura que nos resulte más grata, más cómoda y más fecunda. Eso también: conviene no perder de vista que hay una frontera demasiado sutil entre la fe en sí mismo que todo artista necesita para llevar adelante su obra, y el puro empecinamiento.

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MANUEL MOYA

Vengo observando que ciertos afortunados virgueros del género suelen aliñar sus libros con un breve catálogo de sus experiencias y reticencias y los hay incluso que se atreven hasta a formular listados razonados de observaciones, que suelen presentar como leyes o al menos exponen bajo ese propósito. Yo no me atreveré a tanto, en principio porque siento una desconfianza natural hacia la legislación, sea artística o romana, y en segundo lugar porque mi vida como constante aprendiz de escritor ha transcurrido montando andamios para luego desmontarlos minuciosamente, así que he acabado por admitir que lo que de verdad cuenta para quien habita los edificios que humildemente levanto, son los edificios mismos y no la manera de levantarlos, ni las técnicas empleadas a tal efecto. Mis leyes (mis experiencias) serían en este punto tan discutibles que un recato insuperable me impide hacerlas públicas. Cada texto, sí, se convierte para mí en un viaje singular y distinto que suele recorrer un camino bastante arduo de idas y venidas, de correcciones y tanteos hasta llegar a ser lo que aparece como aparente cristalización (otros preferirán llamarlo rendición o abandono) y que las más de las veces no son sino meros hitos en algún punto del proceso.

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ELOY TIZÓN

En el muro de Facebook hay una opción que te permite añadir “Me gusta” al comentario o la foto de otro internauta. El pictograma es una mano cerrada con el pulgar hacia arriba. También ofrece la posibilidad, en caso de arrepentimiento, de sustituirlo por un “Ya no me gusta”. Eso es todo. La red social de Zuckerberg no admite la alternativa de matizar esa adhesión o ese arrepentimiento con algún estado intermedio, quizá titubeante o más gaseoso. Sólo acepta la rotundidad de un sí o un no, del blanco o del negro, con el pulgar hacia arriba o hacia abajo, sin medias tintas. La duda ha sido expulsada de esta arcadia digital y condenada a vagar por el desierto de territorios más lejanos y lentos, es decir, más literarios. En los despachos de Palo Alto la luz eléctrica sólo puede estar encendida o apagada.

Ahora bien, pensar consiste justamente en lo contrario. Pensar implica el compromiso radical de ir un paso más allá del “Me gusta” o “No me gusta”, de suspender la fase infantil de la imposición caprichosa de nuestros antojos. Aquí no sirve eso tan socorrido del “Porque lo digo yo” y el puñetazo en la mesa. Hay que razonar, justificar, argumentar con palabras de peso nuestro amor, nuestro rechazo, lo cual es complicado e incómodo, ya que puedes equivocarte o quedar ridículo. O puedes caer en la paradoja de aquel personaje de Monterroso, un escritor cuya esposa, tras desvelar los hábitos de trabajo de él, concluía: “Cuando no se le ocurre nada escribe pensamientos”.

Al revés que en Facebook, la literatura es ese lugar extraño en el que la luz puede estar apagada y encendida al mismo tiempo. Recordemos: en la prosa de ficción no hay reglas, excepto aquellas que cada escritor se fija a sí mismo. Las bibliotecas están repletas de peripecias de personajes a los que mueve la esperanza de conseguir algo que les faltaba (la búsqueda del tesoro), o de personajes que tienen algo de cuya posesión disfrutan, pero que les ha sido sustraído, y que ellos se empeñan en recobrar: ‘La carta robada’, ‘El tiempo perdido’, ‘El capote’, ‘Ladrón de bicicletas’… Gran número de ficciones oscilan, pues, entre estos dos polos: la posesión y la pérdida.

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HIPÓLITO G. NAVARRO

A mí no me importa dejarme ir, que sean las palabras, el lenguaje, y las historias y los personajes que de ellos surgen espontáneamente, quienes me hagan avanzar. Me resulta además una de las maneras más estimulantes a la hora de escribir: con ella logro transmutar de forma instantánea el proceso de la escritura en el placer de la lectura, mi gran pasión. Siguiendo este método el autor se convierte en el primer lector asombrado de lo que está escribiendo, como si todo le viniese dictado por un rincón virgen de la cabeza, por una zona inexplorada de sí mismo. Al cabo de años de hacerlo de esta manera sabes que la intuición narrativa te lleva de la mano para lograr algo medianamente interesante, aunque de comienzo no sepas bien de qué estás escribiendo. Luego, está claro, hay que corregir, peinar y repeinar estos textos semiautomáticos, ponerlos guapos antes de sacarlos a la calle. Pero es conveniente trabajar tan sólo en la construcción de las frases, en el sonido de las palabras, en la tarea de construir una página hermosa, y dejar intactas las sorpresas argumentales (y también técnicas, y de composición), para que el lector las encuentre con la misma frescura con las que uno mismo las halló en el proceso de escritura.

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Shoshanna Dreyfus recomienda El vigía

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