Escribir: otra forma de mancharse las manos

Recuerdo cuando era pequeño y me llevaban a la plaza de abastos de Baena, que durante setenta años ocupó el lugar del antiguo Teatro Liceo (inaugurado en 1910 y recuperado como tal en 1999). La plaza conservó durante esos años la planta original del teatro y sus espacios fueron aprovechados para dar sentido al día a día del mercado. Las escaleras por las que en un tiempo bajaron y subieron personas vestidas para la ocasión, eran ocupadas ahora por vendedores de cardillos, setas y espárragos. Los puestos de carne utilizaban los antiguos palcos; en la recepción se podía comprar pescado, y las verduras y la fruta se despachaban en el patio de butacas. Me fascinaba ese sitio, por muchas y variopintas razones. Una de ellas era ver trabajar a Fefi, la carnicera. Una mujer simpática que siempre sonreía y hablaba con sus clientes mientras usaba, con una habilidad que me hipnotizaba, los cuchillos y las hachuelas. Golpes certeros y coreografiados de unas manos manchadas de sangre que terminaban con trozos de pollo o de un pavo envueltos en papel de estraza. Era como contemplar un espectáculo circense.

Muchos años después, sigo recordando aquella escena sin comprender muy bien qué era lo que realmente me atraía de ella. Aunque hay un hecho que se repite en otras situaciones de la vida que me resulta siempre curioso, a pesar de su aparente simplicidad: ver trabajar a gente que usa las manos y que  habla o realiza otra tarea secundaria mientras tanto. Como el mecánico del taller al que le llevas el coche y que le hace un ajuste al mismo tiempo que te explica cuál puede ser el problema.

En otro tipo de talleres, los de creación literaria, los componentes han de ir siempre con la convicción de que van a mancharse las manos de tinta. Tal vez, en esta idea esté el origen de lo contado antes. El mecánico, mientras se mancha las manos de grasa, me cuenta el problema, y el escritor del taller que comienza a llenar la hoja con palabras hace lo mismo, mientras la historia puede que ya esté en su cabeza y termine saliendo a luz con golpes que intentan ser certeros y coreografiados. Repetidos una y otra vez hasta dejar de ser consciente de ellos.

En un taller, el escritor aprende sobre todo de sí mismo, pero también del intercambio de ideas con otros compañeros que comparten un interés parecido. Un trabajo que va creando unos automatismos que le llevan a convertir su labor en un proceso de elocución verbal similar a la elocución muscular que adquiere un deportista que repite constantemente sus movimientos. La idea es de José Antonio Marina, y pertenece a un libro titulado La creatividad literaria (Ariel) en el que junto a Álvaro Pombo analiza de forma original el aprendizaje de la creatividad en la escritura, como un hábito. A través de un narrador omnisciente llamado Ismael (llamadme Ismael…) se escribe un libro en el que se intercalan las conversaciones de dos personajes: Marina y Pombo. A lo largo de ellas, nos encontramos con un debate continuo sobre temas como la magia de escribir, la experiencia literaria, el aprendizaje de un escritor a la hora de ver el mundo, el origen de las ocurrencias, los enlaces de la memoria, los criterios de evaluación, las habilidades técnicas, etc. Así también se nos presentan ejemplos concretos de escritores renombrados como el de Flaubert, Kafka, Rilke… El punto de vista misterioso desde el que Pombo ve la creatividad es “contrarrestado” por el interés de Marina en comprobar si ese misterio tiene mecanismos que se pueden aprender. Y viceversa. A lo largo del libro, Ismael alude en repetidas ocasiones a su idea de crear un Gymnasium literario en el que trabajar todos los temas planteados.

Durante estas semanas, en el nuevo taller organizado por la Asociación Cultural Mucho Cuento, titulado Córdoba es de cuento, estamos debatiendo algunos de esos aspectos a la vez que trabajamos la creatividad usando como referencia cuentos de autores cordobeses. Manos que se manchan de tinta, que ponen la grasa de la experiencia sobre el papel para transmitir su historia mientras conocen la de los demás. Es como volver a ver a Fefi con las manos manchadas de sangre, escribiendo para mí estas palabras.

Aún no está escrito, pero seguiremos con tinta en las manos.

Anuncios

Acerca de diegomaringalisteo

Aún no está escrito
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s