Y continúan los parques

Y un día fueron los cuentos. Los de Julio Cortázar. Después de varios intentos con Rayuela que no era otra cosa que las ganas iniciales de leer lo que (después lo comprendí) aún no me tocaba, de repente Bestiario cayó en mis manos. Leí esos cuentos sin descanso entre uno y otro. Y al terminarlos, casi sin respiro, volví a leer el primero, Casa tomada. Es un cuento al que llevo atado desde entonces. Como si, al contrario que los protagonistas, yo no hubiera encontrado un motivo para salir de esa casa. No voy a buscar razones extrañas para justificar esto. Tal vez, estoy casi seguro, se trate de la razón por la que me gusta leer y escuchar a Julio Cortázar. Pone las palabras donde yo, si supiera hacerlo bien, las hubiera puesto antes. Por ejemplo, si un día tomo arroz con leche soy incapaz de no repetir en voz alta el inicio de ese otro cuento maravilloso que cierra el libro antes mencionado y le da título. Comienza Bestiario: “Entre la última cucharada de arroz con leche –poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse”…

Así me fichó Cortázar. Esos cuentos llevaron a otros. Pude quedarme atascado en el incidente de La autopista del sur. Ver lo insólito de La isla a mediodía. Mirar hacia atrás al terminar de leer Continuidad de los parques. Coger impulso gracias a El perseguidor… Y por primera vez me divertí leyendo un Manual de instrucciones; me sorprendí con las Historias de cronopios y famas.

218011195_640Ahí andaba hasta que un día, curioseando en Internet, encontré el vídeo de una entrevista hecha a Cortázar. Se trataba del programa A fondo, que conducía Joaquín Soler Serrano (Borges, Alberti, Dalí, Rulfo y un largo etcétera pasaron por allí). Fue una sorpresa agradable escuchar la voz del autor de Rayuela, hasta entonces desconocida por completo para mí. Venía a confirmar lo que sentía al leer sus cuentos. Un tono, una cadencia y unos temas que me atraparon al igual que ocurrió con Casa tomada. De esa entrevista hay una anécdota que merece recordarse (hay que ver la entrevista entera, siempre). Cuando Cortázar tenía nueve años, confiesa, le venían a la cabeza imágenes difusas y recuerdos dispersos. Un día le dijo a su madre que veía formas extrañas con colores, y mayólicas, pero que no sabía de qué se trataba. Su madre le contestó que seguramente se correspondía a que cuando él tenía dos años vivieron en Barcelona por un tiempo y allí lo llevaban a jugar a Parque Güell. Cortázar volvió a Barcelona en 1949, ya adulto, y visitó el parque de nuevo. Aseguraba que la imagen ahora era distinta, porque lo veía con la altura de un hombre de 1’93. Ya nada quedaba de la mirada mágica del niño que lo veía desde abajo. Creo que muchos hemos vivido esa misma experiencia. En mi caso, el parque se llama Ramón Santaella. Era el lugar donde jugaba cuando era pequeño y vivía en el pueblo. Un lugar inmenso, llenos de árboles infinitos y con anchos pasillos que se entrecruzaban sin que se acabaran nunca. Así me lo pareció hasta que muchos años después, cuando llevaba tiempo viviendo fuera, regresé al parque y lo vi asombrosamente pequeño.

Recientemente Cortázar ha vuelto a sorprenderme. A través de la publicación de Clases de literatura, libro que se corresponde con las lecciones que dio en la Universidad de Berkeley en 1980. De nuevo me he encontrado con ese magnífico orador (no he podido evitar leerlo recordando su tono de voz), que imparte ocho clases en las que se intercalan comentarios sobre su obra, sus experiencias y su opinión sobre temas que afectaban al desarrollo social y político del Cono Sur.

Es muy interesante acercarse a su concepto de lo fantástico en la literatura y de cómo entiende él este asunto partiendo de la propia realidad. A lo largo de las clases explica también (a veces a petición de los alumnos) cómo se gestó Rayuela, Libro de Manuel, etc. Musicalidad y humor en la literatura, Erotismo y literatura son el título de otras magníficas clases llenas de compromiso literario.

El libro está plagado de reflexiones curiosas. Una de mis preferidas es ésta, a propósito del principio de incertidumbre de Heisenberg, que prefiero incluir integra: Cuando se llega a lo más alto de la investigación, de las posibilidades de las matemáticas y la física, se abre un terreno de incertidumbre donde las cosas pueden ser o no ser, donde ya las leyes exactas de las matemáticas no se pueden aplicar como se venían aplicando en los niveles más bajos. Sin duda que esto es sólo lejanamente así, pero me interesó mucho porque me di cuenta de que es exactamente el proceso que se da también en cierta literatura y en cierta poesía: en el momento en que se llega al límite de una expresión, ya sea la expresión de lo fantástico o la expresión de lo lírico en la poesía, más allá empieza un territorio donde todo es posible y todo es incierto y al mismo tiempo tiene la tremenda fuerza de esas cosas que sin estar reveladas parecen estar haciéndonos gestos o signos para que vayamos a buscarlas y nos encontremos un poco a mitad del camino, que es lo que siempre está proponiendo la literatura fantástica cuando lo es verdaderamente. De modo que me pareció que este principio de incertidumbre (el hecho de que un físico pueda afirmar que hay cosas que no son absolutamente así, que pueden ser de otra manera y que científicamente no hay manera de calcularlas o medirlas y son perfectamente válidas, perfectamente operantes) me parece que es estimulante para la literatura porque siempre los hombres llamados de letras (muy cómica esta expresión: hombres de letras, la sopa de letras…) durante mucho tiempo hemos tenido cierto complejo de inferioridad frente a los científicos porque ellos viven en un sistema satisfactorio de leyes donde todo puede ser demostrado, se avanza por un camino y se alcanzan nuevas leyes que explican la anteriores y viceversa. En literatura estamos manejando ese maravilloso juego de cubos de colores que es el alfabeto, y de ahí sale todo, desde la primera palabra hablada o escrita por el hombre hasta mi libro publicado esta noche aquí en Berkeley. De esos veintiocho signos –según los alfabetos- sale todo, y hemos tenido un cierto complejo de inferioridad con respecto a los científicos porque nos ha parecido que la literatura es una especie de arte combinatoria en la que entran la fantasía, la imaginación, la verdad, la mentira, cualquier postulado, cualquier teoría, cualquier combinación posible, y corremos muchas veces el peligro de estar yendo por los malos caminos, por falsos caminos y los científicos dan una sensación de calma, de seguridad y de confianza. Bueno, todo eso para mí no existe ni ha existido jamás, pero cuando leí lo del principio de incertidumbre de Heisenberg me dije: “¡Diablos, ellos son también como nosotros! ¡También hay un momento de su investigación, de su meditación –justamente la más alta y la más ardua- en que de golpe empiezan a perder los pedales y se les mueve el piso porque ya no hay certidumbre, lo único que vale es el principio de incertidumbre!”. Bueno, esa es la explicación.

parque-ramon-santaella_2801241Hace algunos años encontré, por fin, el momento para leer Rayuela. Aunque confieso que sigo prefiriendo sus cuentos, y esperar que el paso del tiempo traiga algo nuevo de Cortázar que pueda leer en aquel parque, para que vuelva a ser un lugar inmenso, lleno de árboles infinitos y con anchos pasillos que se entrecruzan sin que se acaben nunca.

 

Aún no está escrito, esperemos a Cortázar.

Enlace a la entrevista realizada a Cortázar en A fondo

http://vimeo.com/32244407

 

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