La tinta en el taller de creación literaria

Artículo publicado en Córdoba Expone, número 8 (febrero-marzo 2014)

Diego Marín Galisteo Córdobaexpone

La tinta aún no ha escrito nada. No es tan difícil y no se necesita mucho: una mesa amplia, varias sillas y papel. Desde ahí arrancamos para intentar llegar a lo que sigue después: la creatividad literaria. La tinta comienza a aparecer.

Hay muchas  personas que en algún momento sienten la necesidad de contar una historia, y algunas deciden compartir ese momento sentadas en torno a esa mesa en la que poder apoyar y trabajar su ingenio junto a más compañeros. En ese momento nace el taller de creación literaria. Poco a poco, las manos se van manchando con pintadas de un bolígrafo indeciso, y en el ambiente se empieza a respirar ese característico olor que queda después de escribir sobre el papel.

En el taller no existe el bloqueo. Tenemos preparadas mil excusas para empezar a escribir. Al principio, el resultado es lo de menos. Podemos comenzar equivocándonos, escribiendo un texto interesante al que, sin embargo, le falte algo (o le sobre mucho). Meras cuestiones técnicas que, como en cualquier otro oficio, se pueden corregir para que al siguiente intento la historia aparezca mejor. O puede ser que a lo que hemos escrito le falte otro punto de vista para enriquecerse. Algo así se puede completar escuchando lo que aportan los demás compañeros, bien sea a través de lo que ellos han creado o a través de sus comentarios a nuestro propio trabajo.

El ambiente se va caldeando y entramos en una de las partes más interesantes. Hay ya un olor a tinta más que notable. El intercambio de opiniones entre los escritores del taller va generando una atmósfera propia en la que cada talento se va alimentando por su cuenta. La vulnerabilidad innata de los escritores (como diría Grady Tripp) también hace acto de presencia. No nos gusta que nos corrijan. A pesar de todo, nos sobreponemos y seguimos. Lo hacemos cambiando lo que admitimos como un fallo, y también, a veces, lo hacemos defendiendo hasta el final lo que hemos creado. Las dos opciones son válidas. Aquí las reglas no siempre mandan. Lo esencial es mantener el talento activo, buscando en ese lugar donde ocurre la magia, en un desafío constante. Hasta que se encuentra esa idea que lo mueve todo. De repente, el bolígrafo tiembla en nuestras manos. Hay algo inquietante moviéndose en nuestra cabeza y tenemos que sacarlo. Aunque seamos honestos: eso sólo pasa a veces. El secreto está en garantizar que con la suficiente motivación es posible volver a ese lugar donde sucede el misterio y aparecen las ocurrencias.

Sin duda, es fundamental conocer la técnica para elaborar buenos diálogos, para tejer la trama, para la creación del personaje, la atmósfera o el ritmo. Junto a muchas cosas más. No obstante, no sirve de nada si dejamos que la tinta se seque después de aprender esto. Escribir se debe convertir en un hábito, en una forma de expresión que muestre muchas opciones, infinitas posibilidades. Es una de las cosas más importantes que se pueden aprender en un taller. Aquí la tinta empieza a mezclarse con nuestra propia sangre.

A partir de entonces, el día a día lo afrontamos escribiendo porque ya estamos entrenados. Hemos creado unos automatismos que hacen que nuestro cerebro esté siempre con la antena puesta, a la caza de cualquier elemento que podamos aprovechar para seguir creando historias. Da igual si dejamos que lo que pensamos crezca en nuestra cabeza durante un tiempo, en algún momento lo pondremos sobre el papel. Nos hemos acostumbrado a caminar en dirección contraria a la realidad, atravesando las puertas que encontramos cerradas para ver qué es lo que nos ocultan. Entonces, deseamos que llegue el día en el que volvemos al taller. Queremos poner a prueba una vez más nuestro ingenio y nuestro talento. Y llegados a este punto, hemos dejado de creernos a los que nos dicen que no tienen imaginación. Todos la tenemos y hemos aprendido a serle fieles. Sólo nos hace falta encontrar las palabras necesarias que la expliquen, que la muestren a los demás como algo entendible y entretenido.

Va pasando el tiempo y el taller avanza, sin darnos cuenta vamos forjando nuestra propia voz narrativa, y un estilo particular nos determina dentro del grupo. Es el mayor logro, conseguir una identidad a la hora de escribir que nos haga ser conscientes de nuestra propia evolución como escritores. Sin embargo, la personalidad dentro de la escritura es algo tan huidizo que no nos detenemos todavía a pensar en ello.  Es mejor seguir escribiendo.

Como afirma el escritor Gustavo Martín Garzo: “Tenemos vidas reales, pero nos enamoramos de vidas irreales”. Vivimos nuestras vidas, pero estamos conectados a otra realidad, la que le importa a la literatura. Por eso volvemos siempre a la página en blanco, como hicimos el primer día. Estamos convencidos de que la tinta de la creatividad literaria está ya bastante dominada y, a pesar de todo, preferimos pensar que nuestro mejor trabajo aún no está escrito.

Diego Marín Galisteo

Monitor de talleres de creación literaria

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