Otoño en Córdoba

Soy de los que piensan que una ciudad alberga tantas ciudades como personas hay en ella. Más aún, hay muchos ejemplos de personas que con el paso del tiempo viven ese lugar de distinta manera.

Yo soy una de ellas. Mi relación con Córdoba se explica contando cómo pasé de no querer vivir aquí cuando me trajeron con cinco años desde Baena, mi pueblo natal, hasta ir conformando otra visión de la ciudad que es la que ahora me identifica con plenitud. Curiosamente, esa visión tomó forma de nuevo en un viaje en coche entre mi pueblo y la capital. Escuchaba la radio mientras conducía y en una emisora comentaban la presentación de la nueva edición de Cosmopoética, la undécima, que se celebrará entre el 22 de septiembre y el 5 de octubre. Pensé en aquel momento en el mismo trayecto que veintisiete años antes hacía con mi familia; en las lágrimas, mezcla de pena y rabia, cuando el Seiscientos de mi padre giraba a la derecha en la curva de salida de Baena y en las luces que iluminaban las casas que se iban perdiendo poco a poco. Pensé también en cuánto me ha cambiado la Córdoba en la que con los años yo he aprendido a vivir. Una de ellas está a la vuelta de la esquina, esperando con el bombín y el paraguas abierto.

Este año pasarán por aquí premios Nobel como Herta Müller y J. M. G. Le Clézio, que se unirán al amplio número de poetas locales y visitantes. Todos ellos irán dejando un poso por las calles y los diferentes espacios que luego seguirán llenándose de cultura. Si el comienzo es bueno, lo que sigue permite seguir disfrutando de un excelente ambiente. Me refiero a las actividades de la asociación Mucho Cuento, a los recitales con lectura de relatos, a las presentaciones de libros, a los talleres de creación literaria… También pienso en el ciclo de Letras Capitales que, durante varios años ya, ha ido trayendo a escritores de todo tipo, dando la posibilidad de mantener un encuentro cercano con ellos.

A todo lo anterior, hay que sumar otro hecho que en su simpleza es muy agradable en esta ciudad: caminar de regreso a casa después de asistir a un evento así. En esas ocasiones es fácil coincidir con gente a la que conoces y aprecias. Personas con la que charlas cuando finaliza uno de esos actos y que te ponen al día de lecturas, películas, anécdotas… Con los que vuelves dando un paseo que alarga todavía más lo vivido antes.

Hay otros paseos que se empiezan a valorar más cuando llega el otoño. Por ejemplo, ir a la Biblioteca Central que, por suerte, está cerca de mi casa. O desplazarse un poco más e ir a la Biblioteca Provincial situada entre la Mezquita y el Alcázar de los Reyes Cristianos (referencia que siempre doy cuando la menciono fuera de la ciudad, presumiendo de entorno). Acercarse paseando por la Judería a la Filmoteca o visitar uno de nuestros museos. Hay pocos que te den la opción antes de entrar de tomar un café en un lugar tan tranquilo y cargado de historia como la Plaza de Jerónimo Páez. Y, cómo no, ir a ver una exposición de arte en cualquiera de las galerías que se reparten por la ciudad.

Esa Córdoba es la que más rápido consiguió convencerme de que no estaba tan mal no vivir donde por nacimiento me había tocado hacerlo. Afortunadamente, allí vuelvo cada vez que lo deseo, ahora que la distancia no es tan trágica como la veía cuando era niño.

Cuando escribo esto, el mes de julio se aproxima a su fin. El ambiente que se respira es otro. Se adapta a las circunstancias, apañándoselas para sobrevivir al ritmo que marca el termómetro. En estos días, las opciones también son buenas: ver series atrasadas, películas en casa o en el cine de verano, leer sin mirar el reloj… Algunas noches durante estos meses también tienen su encanto.  

Hablando de lecturas: he terminando hace poco una magnífica novela de John Banville, recientemente galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras, titulada La rubia de ojos negros y que firma bajo el seudónimo de Benjamin Black. En ella ha rescatado por encargo de los herederos de Raymond Chandler al detective Philip Marlowe. Ya tengo ganas de dar uno de esos paseos de vuelta a casa acompañado de un amigo y comentar las grandes frases que aparecen en el libro. Me viene a la memoria una que es muy apropiada para cerrar este artículo que espera la llegada del otoño para empezar a vivir una de las muchas ciudades que Córdoba ofrece. Dice así: “Sobre nuestras cabezas, los árboles murmuraban con un eco abrasador, añorando probablemente la tierra a la que pertenecían, donde, según dicen, el aire siempre está húmedo y la lluvia cae con la suave levedad de los recuerdos”.

 

Artículo publicado en el número 11 de Córdoba Expone /agosto-septiembre 2014

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